Síndrome de descompresión política
No podemos pasar, con sólo una cortinilla de transición, del “está usted jugando con la Tercera Guerra Mundial”, que Trump le suelta a Zelenski, al “yo creo que no me acuerdo”, que ha inmortalizado Ábalos.

Ver los informativos y las tertulias de actualidad durante estos últimos días coloca al espectador en serio riesgo de sufrir una embolia gaseosa. También se le llama “síndrome de descompresión”. Es un trastorno del que están bien prevenidos los buceadores y la tripulación de los submarinos, y tiene que ver con cambios súbitos de la presión, especialmente cuando se asciende demasiado rápido desde grandes profundidades. Se altera la solubilidad de los gases que andan dando vueltas por el torrente sanguíneo, y se forman burbujas que pueden llegar a ser mortales. Mucho cuidado: no se puede estar en una fosa abisal y en la superficie con sólo un segundo de diferencia. Parálisis de las extremidades, cuadros isquémicos, insuficiencias renales. Poca broma.
No podemos pasar, con sólo una cortinilla de transición, del “está usted jugando con la Tercera Guerra Mundial”, que Trump le suelta a Zelenski, al “yo creo que no me acuerdo”, que ha inmortalizado Ábalos, al ser preguntado por ciertas prácticas miserables en su declaración al Supremo. Y, a la vez, no podemos pasar de la amenaza de Monedero de publicar pantallazos que comprometerían a Montero e Iglesias, al “¿he llamado yo ‘dictador’ a Zelenski?” que preguntó Donald horas después de llamar “dictador” a Zelenski, con sólo un “cambiando de tema…” en medio. Cuando eso ocurre, —y en los últimos días ha ocurrido con frecuencia—, la audiencia se marea, comienza a presentar dificultad para hablar, zumbidos en los oídos, dolor torácico…
Es cierto que los asuntos políticos se están extremando como nunca antes lo habíamos visto. Pero no sólo en lo referente a los extremos ideológicos, o a los extremos de crispación y enfrentamiento. También en lo referente a las extremas trascendencias de los asuntos tratados. Las cuestiones internacionales de pronto se han elevado hasta el nivel de geopolítica mundial más sísmico y telúrico, a una escala en donde la tectónica de placas se vuelve más relevante que la Ética de Spinoza. Y las cuestiones nacionales —al menos, en nuestra nación— caen a un nivel de alcantarilla, protagonizadas por individuos cuyo principal activo es la altísima capacidad de supervivencia que poseen las cucarachas. Trump es Atila. Ábalos es Torrente. Putin es Gengis Kan. Monedero es Harvey Weinstein.
Las embolias gaseosas asociadas a cambios de altura se previenen ralentizando esa diferencia de presión, haciendo que el paciente se detenga unos momentos en estadios intermedios que impidan que el nitrógeno forme burbujas en los vasos sanguíneos y los tejidos. Por favor, informativos y tertulias, no nos pongan el vídeo de IA con la Gaza soñada por Trump justo al lado del “¿sabes leer y escribir? Pues contratada”, con el que Koldo le regaló un puesto de no trabajo a Jessica Rodríguez. Pongan en medio, no sé, el último parte médico del Papa, la última excusa del PP para mantener a Mazón, un análisis de los resultados de las elecciones alemanas. El síndrome de descompresión se acompaña también de aturdimiento y confusión cognitiva. A ver si parte de lo que nos está pasando en España viene de ahí.