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La cultura woke y sus enemigos
Opinión

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La cultura woke y sus enemigos

El viejo binomio derecha-izquierda, que todavía conserva su sentido, ya no es, sin embargo, el principal: hoy, la gran cuestión política que los interesa es la medida de la intransigencia y de la tolerancia, el tamaño de la ultraderecha.

Algunos análisis de las últimas elecciones americanas llegan a la conclusión de que la victoria del candidato republicano Trump frente a la candidata demócrata se ha debido en gran parte a los supuestos excesos de la llamada cultura woke en que habrían incurrido los seguidores del Partido Demócrata y que se le ha atragantado a buena parte del cuerpo electoral.

Como es conocido, el término woke —de to wake up, despertar— se aplica a una serie de valores y puntos de vista asociados a la izquierda y al progresismo, y más concretamente centrados en la defensa de las minorías étnicas, sexuales y socieconómicas, así como al feminismo. El ideario del Partido Demócrata, hoy en horas bajas, incluye una defensa estricta de los colectivos lgtbi+, una militancia en favor de la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, una integración lo más rápida y profunda posible de las poblaciones inmigrantes, y, en general, un respeto estricto a los códigos de derechos humanos.

Semejante posicionamiento ideológico domina hoy el debate político, ya que en defensa de la cultura woke se han alzado vigorosamente las izquierdas europeas y norteamericana, al mismo tiempo que surgía en el Viejo Continente un renacimiento de la extrema derecha —que conecta, inevitablemente, con los movimientos radicales nazi y fascista que fueron derrotados en la Segunda Guerra Mundial— que debilita el modelo de las democracias parlamentarias, que creíamos consolidado y que Fukuyama, en un garrafal error histórico, llegó a considerar “el fin de la historia”, en el sentido de que la humanidad, al desaparecer los bloques, estaba al borde de una cierta unanimidad en torno al sistema de convivencia democrática. Se reconocía al fin, con Churchill, que la democracia es el peor de los sistemas de gobierno ideados por el hombre, a excepción de todos los demás. Pero la realidad ha resultado ser mucho menos ideal.

La definición más clásica y completa, en su simplicidad, de democracia es “el gobierno de la mayoría con respeto a las minorías”. Para que el modelo tenga sentido y resulte aceptable ha de ser equilibrado, esto es, los dos términos del binomio —el gobierno de la mayoría y el respeto a las minorías— deben ser equivalentes. Pero el segundo de ellos requiere predisposiciones y habilidades que requieren un cierto esfuerzo intelectual y una propensión a la tolerancia.

El respeto a las minorías tiene dos vertientes: la interna de cada colectividad y la que hace referencia a los movimientos migratorios. Aquella ha conseguido avances que muy difícilmente se revertirán. Las minorías agrupadas por razones de género y quienes exigen la desaparición definitiva de toda discriminación no permitirán un retroceso del proceso de igualdad que, con la vergonzante salvedad húngara, es prácticamente total en el Occidente democrático. Pero, por el contrario, la cuestión migratoria está en carnazón y forma negros nubarrones sobre la convivencia presente y futura en el mundo.

La inmigración, suscitada por los éxodos que provocan los conflictos y por el desequilibrio socioeconómico norte-sur, está siendo el principal aglutinante de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos. La explotación de la veta ultranacionalista basada en la raza, la cultura, la posición social y las creencias es el gran nutriente de las formaciones ultra. En las últimas elecciones americanas, ha habido voces potentes que han advertido de que aquel gran país dejará de ser lo que ha sido si deja de acoger a quienes tratan de insertarse en él para que, en conjunto, prosiga el «melting pot» —el crisol de culturas— que lo ha caracterizado. Pero han ganado los republicanos, a lomos de unos mensajes insidiosos, intolerantes, claramente racistas.

En Europa, el proceso de avance de la ultraderecha es parecido. En el principal país de Europa Occidental, Alemania, las grandes formaciones de centro-derecha y de centro izquierda ya ni siquiera suman el 50% de los electores, y aunque gobernarán juntas, es inquietante este retroceso, desde porcentajes conjuntos del 90% y hasta una situación en que la extrema derecha ocupa la segunda plaza en las actuales preferencias populares.

Así las cosas, el viejo binomio derecha-izquierda, que todavía conserva su sentido, ya no es, sin embargo, el principal: hoy, la gran cuestión política que los interesa es la medida de la intransigencia y de la tolerancia, el tamaño de la ultraderecha. Y el principal combate que hemos de librar los demócratas es el de persuadir a nuestros compatriotas de que no se puede jugar con las bases de nuestra milenaria civilización. En este planeta tenemos que caber todos, con independencia del color, de la piel, de las preferencias sexuales, de la cultora y de la religión que profesemos. Si cedemos a la tentación de preterir al diferente o de aceptar al que discrimina, estaremos, como otras veces, al borde de la tragedia, sin obstáculos en el camino hacia el abismo.