Alemania se aboca al abismo
Por primera vez desde el final de la II Guerra Mundial, un partido político alemán se ha apoyado en la extrema derecha para sacar adelante una votación en el Bundestag.
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El todavía canciller alemán, el socialdemócrata Olaf Scholz, incapaz de gestionar la coalición de gobierno que el SPD mantenía con verdes y liberales, se sometió el pasado diciembre a una moción de confianza que iba a perder para dar paso a unas elecciones generales anticipadas el próximo 23 de febrero. Las encuestas dan actualmente la victoria al líder de la CDU, Friedrich Merz, aunque la gran beneficiada de esta crisis será seguramente la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que se beneficia del viento a favor del populismo ultra que sopla sobre toda la Unión Europea, y que se ha visto reforzado por la victoria de Trump, quien, por sí mismo o a través de su aliado íntimo Elon Musk, ha dado con una franqueza lamentable su respaldo más vehemente a esta formación neonazi, que no oculta sus reminiscencias emanadas del autoritarismo genocida del que proviene.
Este invierno, Alemania ha sufrido dos atentados terroristas : en diciembre, un psicólogo clínico estrelló su coche contra un mercado navideño en la ciudad oriental de Magdeburgo, matando a seis personas e hiriendo a casi 300. Y en enero, un hombre enajenado mató a puñaladas a dos personas, una de ellas un niño de dos años, en la ciudad bávara de Aschaffenburg. Ambos criminales eran inmigrantes. Tales acciones, que han impactado gravemente en todas las sensibilidades del espectro, engordan evidentemente el apoyo de la AfD, que aparece en las encuestas en un cómodo segundo lugar, con un respaldo de alrededor del 20% de los electores (la CDU obtendría un 30%). Como ha sucedido en los Estados Unidos con Trump, en Alemania el gran motor de la ultraderecha es la hostilidad a la inmigración. Un problema que se descontroló por la quizá excesiva generosidad de Merkel durante su largo mandato, al permitir la entrada de grandes flujos de refugiados de Siria y otros lugares. Merkel merece por ello reconocimiento y gratitud de los auténticos europeístas, pero su benevolencia ha generado problemas inquietantes.
El actual gobierno saliente ha tomado ya decisiones restrictivas, como por ejemplo mayores controles sobre la circulación interior de personas, lo que debilita Schengen y podría acabar arruinándolo. Pero tras el ataque de Aschaffenburg —cometido por un afgano de 28 años en tratamiento psiquiátrico y que no fue deportado por problemas burocráticos—, el candidato Merz ha prometido ponerse al frente de una gran ofensiva contra la inmigración si alcanza la cancillería. De momento, la iniciativa se plasma en unas propuestas elevadas al Bundestag para promover el rechazo general de todas las peticiones de asilo en las fronteras alemanas y la detención indefinida de las personas expulsadas del país que por cualquier razón no puedan ser deportadas o se nieguen a serlo… Lo más grave sin embargo no es esta muralla legal que vuelve más inalcanzable la fortaleza europea sino la buena disposición del líder de la CDU para recibir el apoyo de la AfD. En realidad, Merz trata de conseguir menguar el respaldo que recibe AfD por sus duras posiciones xenófobas y atraerse al mismo tiempo la simpatía de quienes ven la excesiva inmigración un peligro para la integridad de Alemania. Difícil equilibrio.
Como es conocido, el miércoles pasado, la cámara baja alemana aprobó por estrecho margen una primera moción no vinculante del conservador Merz que contenía un plan de cinco puntos para devolver a los solicitantes de asilo y otros inmigrantes en la propia frontera, una medida que los socialdemócratas y los verdes consideran ilegal en Alemania y contraria a la legislación de la UE sobre refugiados. Pero lo llamativo es que la victoria de estas tesis en el Bundestag por 348 votos a favor y 345 en contra solo fue posible porque se sumaron a la mayoría las papeletas de los diputados de AfD.
En definitiva, en el entorno de los 80 años del cierre de Auschwitz, símbolo material del Holocausto, que acaba de conmemorarse, la política convencional alemana ha admitido en su seno, con gélida naturalidad, la presencia de los neonazis, de aquellos que mantienen la tesis de que los alemanes no tienen nada de que arrepentirse. Olaf Scholz, todavía jefe del gobierno, calificó en sede parlamentaria la cesión de Merz de “error imperdonable” por “haber cancelado efectivamente el acuerdo fundamental de nuestra república”, ya que sus mociones controvertidas solo podían salir adelante si las respaldaban los neonazis de la AfD; según Scholz, Merz había confiado por tanto en el apoyo de “los mismos que luchan contra nuestra democracia, que desprecian nuestra Europa Unida, que llevan años envenenando el clima de nuestro país”. Alemania se asoma así, ciertamente, al abismo.
Inevitablemente, los españoles trasponemos el dilema alemán a nuestro país: el problema no es tanto el desconcertante auge de Vox sino la posibilidad, acariciada con disimulo por el partido Popular, de que la derecha democrática claudique como la CDU y acepte ponerse en manos de la ultraderecha para conseguir el poder.